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lunes, 23 de marzo de 2009

Metástasis social: la imposibilidad del no ser siendo

Epístola de una conciencia dormida con urgencia de reencuentro

Hoy, 31 del mes 12 del año 2,499.

Aquí en la Ciudad de los Vivos Sepultados

C/ Asunción de la indiferencia, N. No transparentado.

Residencia que espero no asuma como legado.

Héctor Ant. Martínez Diloné.

 

 En el ocaso de lo que pude haber sido, te dejo esta nota de desahogo y sucesión, esperando reencontrarme contigo en una nueva conciencia de saberme siendo sin necesidad de más certezas.  Mis notas comienzan recreándote lo que paulatinamente comencé a vivir y que sin embargo no fui capaz de detener por ti.  

  Nuestra sociedad estaba viviendo una etapa de metamorfosis estructural cuyo progreso era tan sutil que no se podía medir en categorías de velocidad-tiempo ni en categoría de extensión. Lo más que nos podíamos acercar era a una apreciación desde marcos valorativos en términos de intensidades.

 Era un proceso que sutilmente nos convertía en parte suya,  favoreciendo que en la medida que nos hacíamos segmento de él, nuestras constataciones se iban  haciendo menos evidentes, dado que al entrar en su parámetro de lo normal, ejercía mayor fuerza en hacernos parte de sí y por ende, en reconocerle como inevitablemente normal e inevitablemente necesario. Sólo quienes tenían la dicha de mantener cierta dosis de inmunidad y podían atisbar en esta metamorfosis su color de metástasis, podían mantener la chispa de la utopía y el sentido de ser humano que nos fundó como  seres.   

  Seguíamos inaugurando una sociedad en la que para sobrevivir necesitábamos cada vez más despojarnos progresivamente de todo aquello que nos daba la posibilidad de ser humano, de ser gente. Lo que nos caracterizaba como ser que era viviendo, no como ser que era existiendo, se convertía en razón para situarnos en condición de indigentes, aislados e insoportables; y  cada vez más, la negación de todo lo que nos hacía ser  persona se convertía en necesidad irrefutable de subsistencia. El egoísmo y la indiferencia ante los desdenes, desolaciones e infravaloración de la vida dejaron  de ser preocupaciones morales, y comenzaron a ser estrategias por excelencia de sobrevivencia.

  Estos cambios estructurales se explicitaban cada vez más en nuevos marcos de normalidad, vehiculados en la socialización de sueños, deseos, fantasías y expectativas de mera existencia, cuyas identidades nada tenían que ver con lo que sustantivamente significaba ser humanamente persona. En torno a esos deseos, sueños y  fantasías se configuraban marcos de relaciones que sustentaban nuevas formas de no ser, nuevos modos de morir al dolor que generaba la preocupación por ese otro que me encontraba, que me urgía, me interpelaba, que me descubría, me entusiasmaba y me acusaba con su sola mirada. Los reforzamientos de caparazones de nuestras propias honduras convocaban y centraban ya nuestros mayores esfuerzos y empresas.

 

Esto, traducido en acontecimientos interconectados de nuestras peculiares cotidianidades se podían apreciar en nuestras angustias por realidades que no representaban lo que vocacionalmente habíamos concebimos como nuestro verdadero más y como el real sentido de ser gente. Y la reminiscencia de esto último era la más auténtica decisión de precipitar el propio avocamiento a lo distinto, lo cual representaba otra de las más seguras señales del avenimiento de un ocaso que acortaba nuestras ilusiones.   

 

El sólo intento de querer hacer vida fuera de los sentidos de esta espiral metástica era la razón primera para que se nos situara como anacrónicos y desdichados. El propio precio y recompensa se hacían presente al instante: el dolor de un parto sin criatura.

  Lo peor de todo esto era la transfusión constante de este no ser que socialmente nos suministrábamos desde los escenarios más primarios y privados hasta los escenarios más formales y públicos. Nuestros hijos iban creciendo con esa savia que día a día les transfusionábamos con nuestros nuevos miedos, preocupaciones, sentidos y prioridades que nada tenían que ver con lo que en nuestros primeros genes conteníamos.

 Lo más impactante de todo esto es que cuando la adultez de ustedes nuestros hijos (ya para el momento decir queridos no era posible ni como recurso metafórico) era ya parte del zaguán que nos refrescaba, nos comenzamos a dar cuenta de que ya no sufrían ni el miedo a sufrir por el posible recuerdo de lo que no fueron y que dolorosamente ya en nuestra dichosa longevidad seguíamos siendo indiferentemente conciente de que por propia decisión fuimos renunciando a ello, postergando instantes de vida y utopías.  

  Dado que en esta nueva experiencia de no ser que se alimentaba de la progresiva ausencia de significatividades del ser, se hizo práctica dar cuenta de estos procesos de metástasis con unidades de medidas que lo hicieran parecer objetivamente real, constatable y normal, presentándose día tras días episodios y sucesos fríos, solo cuantificables, cual episodios cinematográficos, pero reales, en la que el dolor y la crudeza en que se despedían millones de vidas, representaban los principales distracciones. Se intentaba adormecer el propio dolor en el goce con el dolor de otros, que al parecer distantes, no eran suficientes para irrumpir esta espiral que seguía mutando la mirada y el corazón de los individuos y la sociedad.

  Las primeras y reiteradas presentaciones para confirmar que era un mundo real, con unidades de medidas concretas que sirvieran para simular una comprensión objetiva con sentido de obviedad de esta metástasis social, fueron el progresivo número de torrentes circulatorios coagulados por las impactantes fuerzas de la pólvora y el plomo que estaban siendo utilizados en los pueblos de Medio Oriente para seguir abriendo paso a esta nueva forma de no ser. También, se nos presentaban grandes episodios y sucesos de millones de identidades, sirviendo de novedad y sustento a tantos nuevos modos de no ser. Tampoco se dejaba de ostentar  el agotamiento de vitalidades naturales que sustentaban a esos sujetos autodenominados seres humanos, de lo que ya sólo quedan gritos dormidos en algunos longevos. Esos recursos naturales hoy son entidades reconstruidas y simuladas en recipientes de almacenamiento para la comercialización de esas necesarias posibilidades de no seguir siendo.  

 Esta mi conciencia que recobra su tensión en la medida que se acerca a su nuevo encuentro cósmico y con menos miedo al dolor de dejarse descubrir siendo, quiere hacer su entrega confirmando que se despedirá sin conocer el perdón. El perdón de sí misma, que no merece, no sólo por atrincherarse en las cicatrices de un planeta árido por nuestro desagradecimiento, sino más bien por haber apostado también a la generación de nuevas grietas que amurallaron a otros sin preguntarles o darles la posibilidad para resignificar y recuperar su no siendo que poco a poco fuimos trenzándoles. Hoy recreo mi agonía en la esperanza de ser redimido por reales intentos de vivir, de ser siendo, de recuperar los horizontes que revitalizan la peculiaridad de lo humano. 

  Cuando leas esto, criatura que participas de mis entrañas, quisiera que me recuerdes intentando volver a vivir siendo, siendo humanamente reconocible y vivible; trascendiendo la solo existencia, dando paso a la vida.

 Atentamente:

Tu Antepasado Recrudecido,

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